Por qué los tontos se enamoran?. Y cuando lo hacemos, ¿por qué nuestra capacidad racional -y la dignidad, la auto estima y hasta la facultad de discernir entre lo que está bien y lo que está mal- en ocasiones no nos acompaña?. En ese sentido, ¿por qué alguien correspondería el amor de una pareja que padece un trastorno tan romántico?.
Pensar en la persona amada puede conspirar contra nuestra inteligencia, acelerarnos el ritmo cardíaco, impulsarnos a matar dragones y a escribir poemas trillados. Podemos volvernos irritables, obsesivos, hasta violentos. El enamoramiento es algo que se atribuyó a la luna o al diablo pero, cualquiera sea su causa, no parece el comportamiento de un animal racional que trata de sobrevivir y reproducirse. ¿Esa locura amorosa podría tener algún asidero?.
Durante las décadas en las que el concepto de la naturaleza humana era un tabú para la academia, muchos investigadores sostuvieron que el amor romántico era una construcción social reciente. Era un invento de poetas almibarados, de guionistas de Hollywood o, según una teoría, de los trovadores medievales que exaltaban el amor adúltero de un caballero por una dama.
CUANDO ESTALLA LA PASIÓN
Todo el que haya estado bajo el hechizo del amor considera que esas teorías son ridículas, y lo son. Nada tan primario podría haberse creado de la nada como una mera constumbre o producto. Al contrario, contra todo lo que pueda creerse, el amor romántico es universal. En 1896, un indio kwakiutl del sur de Alaska escribió el lamento "El fuego recorre mi cuerpo, el dolor de amarte", que podría ser el título de una balada en la actualidad. Similares estallidos de pasión de personas con el corazón destrozado pueden encontrarse en todo el mundo.
El enamoramiento difiere tanto de la lujuria como del compromiso perdurable que mantiene juntos a los amantes mucho después de desvanecida la fascinación. Todos conocemos los síntomas: idealización de la persona amada, cambios de estado de ánimo del éxtasis a la desesperación, insomnio y anorexia, así como una intensa necesidad de reciprocidad. Hasta la química cerebral es diferente: la testosterona impulsa la lujuria (en ambos sexos), mientras que la vasopresina y la oxitocina acompañan al afecto. La pasión romántica utiliza el mismo sistema de dopamina que interviene en otros impulsos obsesivos como la drogadicción.
Es por eso que puede haber una lógica paradójica en el amor romántico. Imaginemos un mundo sin éste, un mundo de compradores racionales que buscan la mejor pareja posible. Los especialistas nada sentimentales en ciencias sociales y los conocedores de la soltería saben que ese mundo no es tan diferente al nuestro. Las personas buscan a la persona más deseable que puede aceptarlas, y es por eso que la mayor parte de las bodas una a un novio y una novia de aproximadamente el mismo grado de deseabilidad. Los diez se casan con diez, los nueves lo hacen con nueves, etcétera. Eso es exactamente lo que tiene que pasar en un mercado en el que se quiere obtener el mejor precio posible (la otra persona) por el producto que se ofrece (uno mismo).
Sin embargo, sabemos también que eso no es todo. La mayor parte de la gente se encuentra en algún momento con alguien que debería ser perfecto pero con el cual, por algún motivo, no hay química. ¿Por qué los principios de la compra inteligente sólo nos dan estadísticas generales sobre la elección de pareja, pero no la elección final?.
La razón es que comprar con inteligencia no basta: ambas partes tienen que cerrar el trato. En algún lugar del mundo está las persona más atractiva, rica e inteligente que sería ideal para nosotros. Ese ideal, sin embargo, es difícil de encontrar, y se puede morir en la soltería si se insiste en esperar que esa persona aparezca. Por eso se opta por la mejor persona que apareció hasta el momento.
CARA Y CECA DEL ROMANCE
Nuestra pareja hizo exactamente el mismo calculo, lo que hace que ambos quedemos en una situación de vulnerabilidad, Todo indica que algún día uno de los dos va a conocer a alguien más deseable; tal vez un Brad Pitt o una Angelina Jolie disponibles se muden a la casa de al lado. Si siempre se apunta a los mejor que se pueda conseguir, en ese momento dejaremos a nuestra pareja. Pero a esa altura ésta ya invirtió tiempo, crió hijos y dejó pasar oportunidades al permanecer en la relación. Si se tiene en cuenta todo eso, nuestra pareja habría hecho un muy mal calculo al comprometerse en la relación, y lo mismo vale para nosotros. En este mundo de actores racionales, ninguno de los dos podría entonces apostar al otro. ¿Qué podría llevarnos a confiar en el otro lo suficiente como para dar ese salto?.
Una respuesta es: en primer lugar, no hay que aceptar a alguien que nos quiera por motivos racionales. Hay que buscar a alguien que tenga un vinculo emocional con nosotros por ser quienes somos. Si la emoción que anima a esa persona no se relaciona con nuestro valor objetivo como pareja, esa emoción no cambiará si aparece alguien que tenga un mayor valor objetivo como pareja que nosotros. También debe haber indicios de que esa emoción no es fingida, algo que indique que el comportamiento de esa persona está bajo el control de las partes involuntarias del cerebro, las que están a cargo del ritmo cardíaco la respiración, el rubor, etcétera....¿Esa emoción les suena familiar?.
La vida social es una seria de promesas, amenazas y negociaciones. En esos juegos, a veces conviene sacrificar la propia conveniencia y el control. Un activista ecologista que se esposa a un árbol de fe de que su amenaza de hacer frente a un talador es creíble. El posible comprador de una casa que da una seña irrecuperable garantiza que su intención de comprarla es creíble. De la misma forma, los pretendientes que dan muestras de una profunda conmoción garantizan que el amor que proclaman es creíble.
Eso nos lleva al lado oscura del romance. Al igual que las promesas, las amenazas deben verse respaldadas por muestras de convicción. Un amante desesperado que se ve en peligro de ser abandonado puede recurrir a amenazar a su esposa o novia (sí, por lo general son hombres). La mejor manera de evitar que se lo califique de farsante es no mentir y ser uno de esos seres impulsivos capaces de hacerlo. Por supuesto, si cumplen con la amenaza, todos salen perdiendo (y es por eso que el sistema judicial de cumplir con su amenaza de castigar las conductas violentas).
Esa lógica perversa de promesas y amenazas es lo que subyace en la observación de George Bernard Shaw sobre el romance: "¿A qué recurrimos cuando queremos leer sobre cosas que se hacen por amor?. A la columna sobre asesinatos".
lunes, 19 de mayo de 2008
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1 comentario:
Nada más incómodo que el amor.
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